viernes, 17 de febrero de 2012

“Solo nos queda la música…”


El día comienza y poco podemos hacer, la luz blanca y fría de la mañana comienza a cubrir la gris ciudad y el ruido de los motores iracundos de las micros comienzan paulatinamente a destapar la desgraciada realidad de nuestra cotidianeidad, poco podemos hacer para luchar con este monstruo de la rutina bajo contrato y como oveja del gran rebaño aceptamos la realidad, repitiendo el molde facilista y preconcebido que nos tiene la sociedad, poco amparo tenemos frente a la lógica capitalista que fluye por las alcantarillas y solo podemos apelar a la música para mitigar la triste realidad.

Según lo demarque nuestra mala suerte es el número de medios de locomoción que debemos utilizar en nuestra jornada diaria, por mi parte son tres comenzando este cóctel infernal con un esquivo colectivo, pasando por el saturado y asfixiante metro y culminando con la denostada y deteriorada micro de acercamiento, el hermano pobre de los colosos troncales del Transantiago, el que a su vez flota como una excreción en el río de la humillante realidad de nuestra región, sin tener ningún mérito real para su subsistencia, pero tampoco contando con un rechazo masivo y activo de sus usuarios obligatorios, pues nuestra realidad nos ha enseñado a ser sumisos y a determinar que la imagen de boludos civilizados es mejor que la de combatientes empoderados.

Será por la hora y fracción de viaje que tengo cada día en las mañanas y su símil temporal en la tarde, es que la observación se me torna aguda y ejercicio constante con afanes de destruir la percepción del tiempo real, es así como me llama la atención el vendaval de audífonos que se ven por todos lados y el chicharreo incesante de microparlantes que bajo la dictadura del volumen máximo tienden a quejarse sistemáticamente bajo la desatención de sus oyentes que buscan una sola cosa, “olvidar”.

De esta forma es como entendí que la música se ha transformado en una forma de destierro temporal de la desconformidad que nos envuelve, trasladándonos entre sus notas y compases al olvido momentáneo del esquizofrénico y frenético viaje en la lata de sardinas que emula el metro subterráneo cada día, esquivando las estaciones entre las más diversas melodías, entre los sicóticos “reggaetones” que mientras más dicen comunican menos y son solo como el sexo casual, una carcaza sin contenido estimulante para pasar el rato, o por otra parte las cumbias con aires de “sound argentinizado” que se transforman en la continuidad del ambiente hogareño para los pasajeros que mantienen el “cumbianchon” de sus monumentales parlantes comunales alojados en casa, pero esta vez sorteando las innumerables estaciones que lo alejan del destino final de su viaje.

Así también bajo la estricta maquinación de sus reproductores de MP3 y iPod, aparecen también los Smart phones, los cuales en base a la cultura social deteriorada de sus usuarios y con una evidente enajenación frente al respeto de sus pares, retumban los sones centroamericanos a volumen limpio, olvidando a los audífonos en el envoltorio y dejando en claro que la música aquella es su carta de presentación, una forma de portar un cartel constante que pone las cartas sobre la mesa y delimita el control del espacio y su ambientación a la de los gustos del “más choro” que habita el lugar, casi transformando a la música en un arma social o por lo bajo en una perturbación momentánea de aquella normalidad que propone la sociedad en aquel lugar.

No importa si es rock, metal, pop o lo que sea, la música se ha transformado en un bálsamo que intenta suavizar la monotonía y la estructura desagradable de nuestras vidas, o por lo menos de aquellos momentos para el olvido, a veces nos conforma solo transportar la banda sonora de nuestras vidas con el sentido de aminorar lo antes comentado, solo buscar un oasis temporal en nuestra inconciencia al cual acudir cuando nos sobrepasa la realidad del taco callejero y la micro picadora, en oportunidades el sonido puede llegar a cumplir la función de bloquear el ruido exterior y proporcionar un “mute” momentáneo que ampara los últimos minutos de retorno a los brazos de morfeo sin importar que sea un transporte público quien las oficia de cuchitril para dormir, de todas formas nos volvemos dependientes del dopaje que nos brindan los acordes directos y constantes a nuestra conciencia.

La música no tiene barreras, tendrá nichos claro está, pero por sobre todo la música es universal y su función también lo es, quizás si nos quitaran a todos nuestros reproductores portátiles de música los desquiciados amenazando la ciudad se multiplicarían exponencialmente, muy probablemente así sería, le debemos mucho a la música y tiene mucha más importancia como contenedor social de lo que pensamos, y es más, seamos sinceros… que bien nos hace escuchar nuestra canción favorita para comenzar el día o no?.

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