La política cada vez se aleja mas del ciudadano común, situándose paulatinamente en un sitial reservado sólo a ciertos estratos. Esta distancia ha llevado a que se establezca una creciente sensación de falta de representatividad en el sector político de nuestro país.
Chile es un país por esencia tradicionalista, por ende es comprensible que no se sienta identificado con un representante de Estado como Sebastián Piñera. Al menos eso es lo que proponen los sociólogos hoy, los chilenos prefieren un mandatario chapado a la antigua: serio, formal, quizás en exceso protocolar y que por sobre todo inspire respeto. Es por eso que no aprueban los chistes o comentarios personales y graciosos en mitad de los discursos de una cumbre, o las reiteradas apariciones en los medio de comunicación por temas que no tienen nada que ver con la gestión del Gobierno.
Que se ridiculice a un político al extremo de crear una terminología para cada uno de sus comentarios –léase piñericosas-, es tanto responsabilidad del emisor de dichas opiniones como de los creativos que hacen tratamiento cómico de las declaraciones. Aún así no se trata de un tema de forma si no más bien un problema de fondo, la Crisis de Representación que sufre nuestra sociedad es una crisis social y sicológica que no alude a otra cosa que a la pérdida de confianza en los líderes que –lamentablemente- nosotros mismos hemos elegido.
No es posible esperar que la gente confíe o deposite sus esperanzas en políticos que no pueden estar más lejos de la realidad general de los chilenos, porque su estrato socioeconómico los sitúa en un nivel que en términos monetarios los aleja por varios ceros del promedio de ingresos del país.
¿Cómo es posible que una persona, con 4° medio rendido que percibe una remuneración cercana a los 30 millones de pesos, sea el representante político de una población que con suerte accede al sueldo mínimo? No es de extrañar entonces que la aprobación del Gobierno sea la que es, sencillamente porque la gente no se identifica con los líderes que ostentan cargos políticos hoy, porque las Reformas que se espera revolucionen el país no están orientadas precisamente a eso –a reformar- sino que mas bien pretenden maquillar con parafernalia mediática decisiones que a la larga no modifican nada, ya que por ejemplo, los empresarios que opten por subir a Primera Categoría tributaria con el beneficio de estar exentos del pago del impuesto respectivo, no podrán luego hacer uso del crédito que esto significa para el pago de sus impuestos personales, entonces ¿cuál es el beneficio? ¿donde está la Reforma?. Simplemente se maquilla le realidad a través de anuncios que la mayor parte del público no alcanza a entender a cabalidad, porque no se entregan total y completamente claros y transparentes para así dejarlos a todos contentos. Es claro que el orden de los factores no altera el producto y a final de cuentas seguimos igual.
Recuperar la aprobación y la confianza sólo será posible a través de la reducción de la brecha que existe entre líderes políticos y ciudadanía, con parlamentarios que se muestren realmente cercanos y concientes con la situación social y económica de las personas, de todas las personas, no solamente las más vulnerables o las más beneficiadas. Transformar la visión de la gente hacia la política requiere de decisiones y planes de acción y reforma social y económica que realmente afecten a la mayor parte de los chilenos, y no sólo al reducido grupo que ostenta poder y bienestar. A estas alturas sería conveniente recordar que la confianza no es algo gratuito –y menos la de todo un país-, como bien se dice la confianza hay que ganársela.
